Un lugar donde encuentra refugio la música, donde la expresión escrita revive el sentimiento visual, donde el arte despierta lo mejor de cada uno, donde la solidaridad es una melodía que al sonar dibuja las mejores sonrisas en el alma de quien mas las necesita.
"...and in the end, the love you take is equal to the love you make..."
domingo, 23 de octubre de 2022
Sí, definitivamente somos una tribu.
Sí, definitivamente somos una tribu. A los Hosen se los ama, o no. ¿Son un viaje de ida? Sí, sin ninguna duda. Y voy a empezar mi crónica de lo vivido anoche
en el recital de la mejor banda alemana y la más querida en nuestro país, por el final. Salir de La Farola de Nuñez y que dos pibes de treinta y tantos años (si los tenían, porque parecían
de menos) te peguen el grito «Aguanten los Hosen!!!» y se te acerquen a conversar generando una amistad ocasional nacida únicamente por el eterno amor para con la banda alemana, y que estos mismos pibes
nos muestren su admiración porque tres adultos que están pisando los 60 años sean fanáticos de los Hosen y no se pierdan, cada vez que la ocasión lo permite, ir a verlos, no tiene precio,
yo me atrevo a decir que fue la frutilla del postre de una noche inolvidable en un Buenos Aires con temperaturas invernales fuera del estadio, pero adentro rebosante de un calor fraternal que sólo estos músicos
de Düsseldorf son capaces de generar.
Sí, definitivamente esto nos convierte en una tribu. Una tribu donde se juntan fans argentinos y alemanes, donde el idioma no es barrera, porque nos reconocemos por nuestras remeras,
por las banderas, por los cánticos casi de hinchada futbolera, porque vemos asomar las casacas del Fortuna Düsseldorf, el equipo de la Bundesliga 2, que nos convierte sólo por esta noche en hinchas del plantel
de la remera roja y blanca, aquél que los mismísimos Hosen salvaron de la quiebra, hace ya unos cuantos años atrás.
Qué te puedo decir que ya no te haya dicho sobre estos cuatro alemanes que dejan el alma sobre el escenario cada noche que se presentan en nuestro país: Campino un "frontman" admirable, un hermano de la tribu hosenera, Breiti un músico que al frente de su guitarra no duda un instante en traducirnos en un perfecto español lo que nos quiere comunicar su compañero Campino, Kuddel
el alma mater de la banda, el músico que la tiene más que clara al frente de sus guitarras, Andy el bajista que no para de correr por todo el escenario y que si puede, se tira sobre el público en un mosh
que todos esperan se produzca para verlo tocar despreocupadamente sobre esa ola humana que lo va trasladando casi en el aire, de regreso al escenario, y Vom Ritchie, la excepción, el pequeño inglés que
al frente de su batería deja el alma, casi como en una extraña reencarnación del recordado Keith Moon, el histriónico baterista de The Who.
Sí, definitivamente somos una tribu. Somos un tribu que no te pide requisitos para ingresar, una tribu hermanada en la música de una banda de punk rock que naciera allá
lejos y hace tiempo en un barrio obrero de Düsseldorf, una tribu que, de alguna manera, tuvo un cacique que se llamó Pil, el líder de Los Violadores (aclaro para los que no lo sepan que fueron Los Violadores
de la Ley, porque después aparecen los susceptibles de siempre confundiendo los conceptos), banda que fuera la mejor representante del punk en nuestro país, y cuyo líder Pil, el responsable de haberlos
convencido de tocar por primera vez en Buenos Aires allá por 1992.
En lo personal no puedo evitar sentir esa afinidad con los Hosen dado mi amor por la que fuera la tierra de mi madre y de mis ancestros, y no te equivoques con mi apellido, porque si
bien italiano es lombardo, y los longobardos fueron, justamente, una tribu germana que luchó contra el imperio romano. De alguna manera, los Hosen me devuelven esa conexión con mis orígenes, con mi infancia,
con las charlas en alemán que mantenían mi abuela y mi madre, cuando yo era un niño de escasos nueve o diez años, me regalan esa vecindad que existe entre la ciudad de Duisburg de donde vinieron
mis abuelos y mi madre, y Düsseldorf, la ciudad de mis queridos Die Toten Hosen.
Finalmente, compartir estos recitales con viejos y nuevos miembros de la tribu hosenera como mi hermano el Negro Fernández, o mi primo Guillermo, o ahora, quién te dice,
ella lo decidirá, darle la bienvenida a la querida Dahiana como una nueva miembro de la tribu, permite que cada encuentro con los Hosen se convierta verdaderamente en una reunión de amigos.
De los temas que tocaron no te voy a contar, la próxima te venís con nosotros, y después me contás, si tenés ganas de ser parte de la tribu.
A mis queridos Die Toten Hosen, a Campino, a Breiti, a Andy, a Kuddel, y a Vom Ritchie, sólo me resta decirles Gracias, Gracias por la buena onda, por la música, por el
afecto hacia nuestro país, por estar siempre en las buenas y en las malas, aún cuando las cuentas no cerraban por la situación económica de Argentina, ellos siguieron viniendo.
Gracias por volver, porque estos últimos tres años no fueron buenos para nadie, por lo que nos tocó vivir con la pandemia, por ayudarme a sanar el dolor que te genera
haber perdido buenos amigos en el camino, que ya no están. Anoche, salí de Obras, de alguna manera, sanado, aún quedan heridas abiertas, pero anoche los Hosen se encargaron de ser el mejor remedio para
esos dolores que lastiman sin sangrar: «Steh auf, wenn du am Boden bist», y en eso estamos mis queridos Die Toten Hosen, en eso estamos...
domingo, 16 de octubre de 2022
Quería contarte...
Quería contarte que ya pasaron quince años desde que te fuiste en mis brazos,
Quería contarte que todo este tiempo traté de seguir siendo el hijo que educaste,
Quería contarte que extraño nuestras charlas de fin de semana compartiendo esa cerveza que tanto disfrutabas,
Quería contarte que una maldita pandemia me llenó de miedos y no pude volver a visitarte para dejarte las flores que siempre te llevaba,
Quería contarte que la música, las guitarras llenan mis días y tratan de hacerme olvidar ese vacío que dejaste,
Quería contarte que mi vida transcurre en soledad, sé que no deseabas eso para mí, pero bueno así se dan las cosas en la vida muchas veces, y cambiarlas suele
ser tarea difícil,
Quería contarte que el trabajo transcurre bien, sin contratiempos, estoy a cargo de una jefatura y todos los días trato a mis «chancles» con el respeto y el aprecio
que vos me enseñaste a tener,
Quería contarte que estos años desde que te fuiste fueron duros, no existe psicólogo que escuche como vos lo hacías, y que contenga con esa paz que solías
transmitir,
Quería contarte que desde que te fuiste me he convertido en un huérfano de abrazos, y cuanta falta que hacen muchas veces para sacarse toda esa maldita angustia del alma,
Quería contarte que muchos días se cruzan en mi mente las imágenes tuyas y del viejo, los veranos en Mar del Plata, las noches de verano en casa compartiendo el jardín
mientras ustedes tomaban su aperitivo y yo no paraba de leer las novelas de Agatha Christie,
Quería contarte que ante la llegada de cada Navidad extraño tu presencia y la de todos aquellos que ya no están y que ocupaban la mesa navideña llenando de risas
y amenas charlas el comedor de casa,
Quería contarte que cada Día de la Madre y cada cumpleaños tuyo el día se me hace cuesta arriba, y no puedo evitar que mis ojos se nublen aguantando ese nudo
que se te forma en la garganta cuando las lágrimas claman por salir,
Quería contarte que mis amigos y amigas siguen siendo mis hermanos y hermanas, y que cada vez que me siento mal, ellos están, tal y como vos los adoptaste como hijos e hijas
propios,
Quería contarte que en el camino perdí algunos amigos, vos seguro ya lo sabés, pero su partida dolió mucho,
Quería contarte que lamento profundamente no haberte podido regalar los nietos que te merecías,
Quería contarte que no perdí la fe en Dios, y que sigo caminando por el mismo camino que me enseñaste desde niño, el de la decencia, el del respeto, el de mantener
la frente bien en alto, con orgullo, haciendo de la responsabilidad una conducta no negociable,
Quería contarte tantas cosas, pero necesitaba al menos contarte algunas, no sé para qué hago esto, si total no lo vas a leer, pero tal vez a mí me sirva para,
de alguna manera, ir vaciando una mochila que en los últimos tiempos se me hizo muy pesada de cargar.
Quería contarte que hoy es el Día de la Madre y vos no estás, o sí, no lo sé, y yo mientras tanto hago lo que mejor sé hacer, escribir.
sábado, 1 de octubre de 2022
STEH AUF, WENN DU AM BODEN BIST...
Muchas veces he pensado que el destino, ese compañero implacable que se niega a ser alterado, y menos aún modificado, tarea ímproba si la hay para quienes lo consiguen,
me ha jugado varias malas pasadas, o tal vez, uno de sus placeres sea el disfrute de torcer mi voluntad, mis deseos y mis sueños. A veces creo que lo sorprendo dormido, y es ahí cuando consigo objetivos que,
seguramente, no le han de resultar nada gratificantes al despertar. Será el destino hermano de la suerte, o tal vez sean viejos compañeros de ruta que se confabulan en muchas oportunidades para cambiarnos las
señales que nos indican el camino correcto, provocando confusión en nuestro rumbo, y una colisión inevitable en el futuro.
Cuando niño crecí creyendo en verdades irrefutables, las mismas que adoptaría para mi propia vida. La armonía que reinaba en mi hogar me llevó siempre
a pensar, o quizás, a dar por sentado que no iba a ser difícil replicar lo mismo en mi propia vida y en un futuro que, por aquél entonces, se me presentaba muy lejano. El formar una familia, encontrar
al amor de tu vida, tener hijos y verlos crecer volcando en ellos las mismas enseñanzas que mis padres depositaron sobre mí, no parecía ser una tarea tan difícil, pero lo fue. El destino una vez
más, o la suerte, se pusieron de acuerdo para lograr su vil objetivo de cambiarme las señales del camino, y evitar que yo llegara a cumplir uno de mis tantos sueños anhelados.
No resulta extraño afirmar que también disfrutaron de cambiar las señales y evitar que mi vida transitara por la música, o por el campo, alterando los carteles
indicadores y señalando las leyes y el derecho como estación terminal.
Estos viejos cómplices que gustan de embarrarnos la cancha, como suele decirse, a todos nosotros, algunos más, otros menos, parecería que también decidieron
que yo no podía, o quizás no debía, subir a un escenario para darme el gusto de ser músico por una noche, una sola y única noche. Hoy cuando veo con total alegría como dos de mis hermanos
en la vida, uno que ayer fuera compañero mío de colimba, se sube a un escenario, tiene su banda de rock, y toca su guitarra Telecaster, del mismo modo en que lo veo a mi otro hermano tocar su bajo de luthier
junto a la banda de la que forma parte, disfrutando merecidamente ambos de ver hechos realidad sus sueños, me lleno de alegría, y les deseo profundamente todo el éxito que se merecen por ser las personas
que son. Y es ahí cuando al verlos, siento el susurro en mis oídos de la eterna dupla acosadora que parece haber compuesto su propia canción cuyo título retumba en mis oídos, una y mil veces:
«This is not for you...».
«This is not for you» como tantas cosas más en mi vida, que de alguna manera me fueron negadas, o quitadas. Aun así me sé un privilegiado, sin
derecho a quejarme, o tal vez sí a reclamarle al destino o a la suerte que no me cambien más las señales de la vida, ya tuve bastante, y en ese bastante perdí muchas personas que amé, que
respeté y que quise como lo hacen los seres humanos más humanos.
No se pierden afectos únicamente por el fin de la vida, también se pierden con la distancia, con el silencio, con el dar por sentado que el otro está bien, cuando
en realidad no lo está. La vida, la amistad, el afecto, el amor de una pareja, no son tarjetas que uno marca como el presentismo en un trabajo, han de ser y deben ser necesidades que nazcan sin hesitar, inmediatas,
sentidas.
Sigo escribiendo porque me sale mejor que decirlo verbalmente, y tal vez porque me ayuda a seguir sanando heridas que dejaron cicatrices en el alma, algunas de las cuales suelen ser
más difíciles de olvidar.
«Steh auf, wenn du am Boden bist», es una frase que le da título a una canción de la banda alemana «Die toten Hosen», lo que significa «Levántate
cuando te encuentres por el suelo». En eso estamos.
domingo, 25 de septiembre de 2022
GRACIAS ALE POR TANTO!!!
Hoy volví a tocar. Hacía varias semanas que no podía hacerlo. Creo que sentí la necesidad de guardar silencio, y silenciar mis guitarras como un sentido homenaje
a un maestro, docente y amigo que ya no está. Hoy volví con sólo dos temas: «On The Mend» y «Times Like These», dos canciones de los Foo Fighters cuyas letras lo dicen todo. A veces
la vida, o el destino te golpea fuerte y mal, muy mal, porque te agarra de sorpresa, te encuentra mal parado y el golpe te tira a la lona y te cuesta mucho levantarte. Durante largos ocho años compartimos charlas, música,
y lo más importante el aprendizaje de un instrumento que desde que era niño siempre soñé poder tocar. Nunca obtuve de parte de él, un no por respuesta ante esa nueva canción que yo
pretendía aprender, y que con inolcutable timidez le pedía que me la enseñara, a lo que siempre respondía con un «Claro, porqué no la vas a poder tocar!!!». Así fuimos
armando un catálogo de cientos de temas de rock anglosajón y nacional, así desfilaron The Beatles, Paul McCartney, George Harrison, John Lennon, Pink Floyd, Led Zeppelin, Marillion, Genesis, Foo Fighters,
Oasis, Almendra, El Flaco Spinetta, Cerati, Manal, Pappo, entre tantos otros. Lo de Ale era el Jazz, pero el sabía que mi eterno amor era el rock, y nunca jamás intentó cambiar eso, al contrario, yo mismo
le pedí que el próximo año me enseñara Jazz, eso que a él tanto lo entusiasmaba. Al llegar la maldita pandemia tuvimos que continuar las clases de forma remota, y ahí fue cuando él
actúo como un padre para mí cuando ante el temor irrefenable que me invadió al no querer vacunarme, sus sabios consejos y ese regalo de tranquilidad que me otorgaba con sus palabras se convirtieron en
mí en una panacea que junto a la ayuda profesional recibida me permtió dar ese paso tan temido recuperando la paz interior que yo había perdido. Así fue como también comenzamos a planear
la idea de un recital en vivo, yo no tenía banda propia, sin embargo él se iba a encargar de conseguir los músicos. Recuerdo con cierta simpatía el día que me dijo que armara el setlist de
temas, la mañana en la que le sugerí tocar cinco canciones, no más, y él me dijo que porqué no hacíamos diez temas y dos bises. Mi cara de asombro no se hizo esperar, y la pregunta
devino inmediata: «Vos decís?». Así fue que también me resultó imposible seleccionar doce temas de un listado de más de cien, a lo que cada semana me hacía presente en
sus clases con un listado de cincuenta o más temas, que dibujaban en su rostro una mueca de ironía, y no dejando pasar ni cinco minutos me espetaba «Beto, cirugía mayor sin anestesia, son doce y
punto». Cuando logré seleccionar finalmente los doce, recuerdo simpáticamente su sentencia inapelable: «Este listado no se toca más, es definitivo».
Siempre tendré presente que muchas de mis guitarras, mis amplificadores, el armado de mi pedalera, todo eso se lo debo a él, tanto como ese día en que me dijo que
yo era músico, y yo sentí que el traje me quedaba aún demasiado grande, pero a él no le importó, no dudó un instante en otorgarme el título.
Nunca imaginé lo que ocurrió. Siempre tuve fe que se iba a poner bien, sentía que cada clase, que cada sonido de la guitarra, era una forma más de sanación.
Ante su preocupación por el recital siempre le dije que lo más importante, lo primero era que él se pusiera bien, todo lo demás podía esperar, y si no era el año próximo, sería
el siguiente. La noticia de su partida me dejó sin reacción, de pronto fue como si un gran silencio se hubiese apoderado de mi vida, no podía creerlo. En mi vida he perdido muchos seres queridos, empezando
por mis propios padres, pero nunca perdí un amigo, Ale fue un Maestro, un Docente, pero por sobre todas las cosas un gran Amigo.
Necesitaba decirlo, escribirlo, me lo estaba guardando en lo profundo del alma, y no estaba bien, tal vez sea esta una forma de agradecerle por tanto. Ale querido, no te voy a defraudar,
la música continúa, las guitarras seguirán sonando, y el recital va a darse, en algún momento se va a dar, sé que así será, y sé que ahí estarás.
sábado, 24 de septiembre de 2022
REFLEXIONES
A veces, muchas más veces que las que uno pueda enfrentar, la vida te pone a prueba. Puede tratarse de una pequeña ola que te golpea sin derrumbarte, o puede ser un tsunami
que te lleva puesto sin dejarte capacidad de reacción. Cuando ocurre esto último suele ser mucho más difícil recuperarse, volver a levantarse y seguir. El impacto te lleva puesto, arrasa con afectos,
sueños y proyectos, como la misma marea que en las playas se lleva todo mar adentro, pero esta vez no lo devuelve. Del mismo modo esta marea que nadie sabe de dónde provino, se lleva también todo lo bueno
que alguna vez anidó en tus sueños, y lo que es peor en tu propia realidad. Es un tornado que te deja sin aliento, te hace perder la dirección, uno no sabe cómo volver a empezar, el horizonte se
te presenta vacío, como una maldita rutina imposible de cambiar. La música se ha silenciado, mis guitarras lloran suavemente como bien lo expresara el querido George Harrison. Siento que aún no es hora
de volver. De pronto la vida, los sueños, los afectos han quedado convertidos en una fotografía de color sepia, donde la soledad disfruta de ese momento en el que su víctima, no logra escapar de un bucle
de abatimiento y necesidad de explicaciones que no existen. La soledad es como una maldita pesadilla de la que uno no logra despertar, esas en las que se busca la compañía y el apoyo de los afectos. Quizás
uno ignore que los malos sueños han sido creados para atormentar al individuo en su cosmos, donde las buenas compañías no tienen permitido el ingreso.
El gran misterio de la vida nunca nos será revelado, los innumerables porqués seguirán sin respuesta eternamente. Se añoran otros tiempos en los que no nos
resultaba difícil sonreír. Hoy parecería que el miedo se ha llevado las sonrisas. El recuerdo de los que no están comienza a tornarse cada vez más lejano, por momentos uno debe hacer un esfuerzo
para traer al presente afectos del pasado que cual medicina para el alma logran anestesiar momentáneamente el dolor de sus ausencias. Tal vez, la vida no sea el jardín del Edén, y muchas veces el maldito
innombrable goza de hacernos zancadillas para marchitar la belleza de los días vividos.
Me recomendaron escribir como una forma de terapia. La necesidad surgió de inmediato, casi como una forma de catársis reclamada por mi alma para ayudar, de alguna forma,
a exorcisar algunos fantasmas que me han venido atormentado el último tiempo. Quizás uno al ponerse grande, o tal vez al ir envejeciendo comience a refugiarse en aquellos recuerdos de cuando la vida parecía
un largo y sinuoso camino, en el que todo estaba por hacerse, y donde los sueños, los proyectos, los afectos nos iban a sorprender ante cada paso que fuésemos dando, ante cada estación de ese interminable
tren cuyas vías y durmientes nos parecían tan lejanos e inalcanzables como un arco iris después de una fuerte tormenta.
Varias veces en mi vida me tuve que enfrentar a ese abismo sin fin, la partida de mi padre, el servicio militar en pleno conflicto bélico de Malvinas, la partida de mi madre,
los proyectos de familia truncos, en fin, demasiadas cicatrices en el alma y un dolor que cuesta convertir en lágrimas, cuando se endurecen los sentimientos y uno trata de impermeabilizar el cuerpo para no dejarse atravesar
nuevamente por las malditas flechas de la sinrazón.
Habré perdido la fe? Será que ese vacío que nunca ocupé con Dios hoy me esté pasando factura? Será mi inclaudicable racionalidad la que me impulsa
estos razonamientos? O tal vez, la búsqueda del porqué de nuestra existencia, ese afán de llegar siempre a la verdad, esa necesidad de querer saber más develando todos aquellos secretos que nos
han sido esquivos durante toda la vida, esa necesidad de hallar respuestas certeras a tantos porqués.
This is not the end, and the love you take, always will be equal to the love you make...
miércoles, 11 de agosto de 2021
Waltraud y Victorio:
mis viejos, y si no escribo lo que siento...
Nací hijo único de padres grandes, siendo el mío un nacimiento muy esperado y deseado por ellos, especialmente por mi madre, quien en ese entonces siendo aún
una luterana no practicante, ingresó un día en la Parroquia de Nuestra Señora de las Victorias, sita en las calles Paraguay y Libertad de esta Capital Federal, para efectuarle una promesa a la Virgen pidiéndole
que de quedar embarazada, su hijo/a sería bautizado/a en esa Iglesia, y así fue, a mediados de 1962 comenzó con los típicos síntomas que anunciaban su embarazo, confirmando que se encontraba
esperando su hijo tan deseado quien nacería un 23 de febrero de 1963, o sea, este humilde aspirante a escritor.
Si yo dijese aquí que Dios me regaló los padres más buenos del mundo, cualquiera me diría que no fui el único, o que, cuando menos, estoy exagerando,
pero no, no estoy exagerando, y tampoco pongo en tela de juicio que existen y existieron millones de padres tan buenos, o aún mejores que los míos, pero si para ellos yo fui un tesoro, y no lo digo por
agrandarme, así lo sentían, y así me lo hacían saber, del mismo modo que, para mí, fueron el regalo más grande que Dios me pudo haber dado.
A cada uno de ellos les debo lo que soy, la persona que educaron y formaron, mi viejo me legó el amor por la lectura, por la educación, por la música, me inculcó
el respeto por el prójimo, me enseño la la bondad, porque él en esencia era un ser humano de una generosidad y de una pureza únicas, nunca olvidaré como se emocionaba ante aquellas cosas
que lo conmovían profundamente, al punto de haberlo sorprendido, más de una vez, lagrimeando ante situaciones en las que cualquiera de nosotros, tal vez, nos mantendríamos estoicos, por cierto con un nudo
en la garganta.
De mi vieja heredé su inquebrantable rectitud, esa forma de ser que asumo ella había obtenido de sus padres y abuelos alemanes, su amor por la familia, por los animales,
y por la música, irrefrenable vocación que, de alguna manera, me transmitió, su entrega total ante un ser querido que se encontrara padeciendo de alguna inoportuna enfermedad, su alegría, su admirable
respeto por la amistad, y el estar siempre rodeada de buenas amigas, su entrega, siempre priorizando al prójimo por sobre ella misma, así fue como no dudó ni un instante, a la hora de acompañar
hasta su último suspiro a su madre y a su esposo, no importándole si ella misma había ingerido algún alimento, si había dormido lo suficiente, o si tenía que discutir con cualquier
médico para obtener un diagnóstico preciso, nada de eso importaba a la hora de acompañar a su ser querido enfermo, esa misma actitud me fue inculcada, y así lo hice yo también con ella a
la hora de su partida, y por supuesto su amor, ese amor de madre que aún creo poder sentir en mi alma después de tantos años que han pasado desde aquél día en que partió en mis brazos.
Ambos me legaron la decencia, la ética, la honestidad, el no tranzar jamás con aquellos que optan por transitar el camino de la corrupción, del robo, y por sobre
todas las cosas, jamás consentir actitudes o conductas que desde lo personal o lo colectivo le provoquen daño a la tierra que te cobija, o sea a la Patria.
Recuerdos.
Uno de los primeros recuerdos que vienen a mi mente es el de una noche de verano, ellos en el balcón de casa, tomando un aperitivo, mientras yo tirado en mi cama los observaba
atentamente, tratando de escuchar y entender sus diálogos, con mis escasos añitos, mientras de a poco me iba dormitando.
Imposible olvidar también mi primer día de clases en el Colegio San Cirano del barrio de Caballito, cuando me llegó la hora de asistir al Jardín de Infantes.
Aún hoy, cuando paso delante de la puerta de rejas sobre la Av. Rivadavia, vuelve a mi mente la imagen de mi madre caminando en dirección a nuestra casa, mientras mi llanto desesperado no podía ser calmado
por una de las tantas maestras jardineras que intentaba convencerme de que ella no me estaba abandonando, y que horas más tarde volvería a buscarme.
Años más tarde, ya siendo un adulto, mi madre me confesó que esa mañana mientras escuchaba mi llanto, no pudo darse vuelta a mirarme porque de sus mejillas
también brotaban lágrimas de angustia por nuestra inevitable separación, impuesta por las inalterables estructuras educativas de aquellos años.
Al llegar el momento de asistir a la escuela primaria, los recuerdos se entrelazan a montones, en un interminable y alegre carrousel donde uno no consigue ordenar pensamientos y sensaciones.
Imposible olvidar el despertar de cada mañana, escuchando la dulce voz de mi madre indicándome que era hora de ir a la escuela, sus desayunos en los que me esperaba la
clásica leche chocolatada acompañada de unas sabrosas galletas dulces que me permitían sobrellevar cada jornada, en las que los fríos días de invierno eran verdaderamente gélidos.
El llegar de la escuela, sacarme el guardapolvo blanco, y sentarme a la mesa a almorzar junto a mis padres, y a un tío hermano de papá, desesperado por contar mi día
de escuela, lo que habíamos aprendido, y los deberes que nos habían dado.
Luego de cumplir con las tareas escolares, me esperaban mis juegos, la pelota, las interminables batallas imaginarias que armaba en el jardín con mi caja de soldaditos, y a la
hora de la merienda, el compartir con mi padre una sucesión de series inolvidables que mirábamos con alegre complicidad en nuestro viejo televisor blanco y negro. Así desfilaban «Bonanza»,
«El Santo», «Los Locos Addams», «El Show de Dick Van Dyke», entre tantas otras, que nos hacían reír, o inclusive, en algún caso terminar conversando sobre la historia
del Lejano Oeste, o de la Inglaterra de los años sesenta, entre otros temas que, invariablemente, me conducirían a su biblioteca a buscar más información, ávido de saber más sobre
la historia y la cultura de aquellos países.
Así, mientras tanto, mi madre iba preparando la cena, la que normalmente, al mejor estilo europeo, solía tener lugar en horarios tempranos, digamos que a eso de las 20
horas aproximadamente. Esto daba lugar a que mi tío se acostara temprano, yo me quedase viendo un poco más de televisión con ellos, hasta que llegara la hora de irme a dormir.
Por aquellos años, me encontraba asistiendo a una profesora particular de inglés, la querida Analía, quien me hizo dar los primeros pasos en el estudio de la lengua
de Shakespeare, situación esta que sumada al primer disco que me regalara mi madre, de Los Beatles, comenzó a generarme una curiosa atracción por la cultura británica, la que derivaría años
más tarde en un hecho que pudo haber cambiado mi vida para siempre.
Uno de mis tíos, hermano de mi padre, se hallaba en una muy buena situación económica, producto de una gran carrera desarrollada en la empresa tabacalera «Particulares»,
la cual le permitía viajar a Europa todos los años, junto a su esposa, mi querida y recordada tía y madrina Susana, travesía que desarrollaban siempre en barco, navíos que en aquella época
eran verdaderos transatlánticos.
Mi tío, a sabiendas de mi admiración por la cultura británica, tomó la decisión de proponerle a mis padres hacerse cargo de mi educación secundaria,
pero no en Buenos Aires, sino en Londres, en algún típico establecimiento educativo inglés, de esos que estamos acostumbrados a ver en las clásicas películas inglesas, y vaya si mi vida no
hubiese cambiado, tal vez hoy fuera docente de alguna universidad inglesa del estilo de las de Oxford o Cambridge, quien sabe...
Y así fue que un día llegó el colegio secundario, nuevos rostros, nuevos amigos, y la rebeldía adolescente que de a poco le iba señalando a mis padres
que estaban perdiendo al niño que alguna vez fui, para darle paso al adulto en el que poco a poco me iría convirtiendo, o me irían convirtiendo las circunstancias de una adolescencia que transcurrió
en un período complejo y muy difícil de nuestra historia, una dictadura que nos dejaría marcas a todos, algunas mayores, otras menores, pero nadie quedaría exento de sentir su alma rasgada por el
miedo que devenía del autoritarismo que se nos imponía, y ante el cual los más arriesgados respondían asumiendo las consecuencias, mientras otros, como era mi caso, guardábamos impotente
silencio archivando en un rincón de nuestro ser la fuerza de la rebeldía, esas ganas de levantarse y arrojarle al rostro de los autoritarios todo lo que sentíamos y pensábamos de ellos.
Uno de los recuerdos más caros de aquellos días, lo constituía la infaltable visita que nos realizaba todos los viernes por la noche mi padrino, mi tío Carlos,
el hermano de mi madre. Era un momento especial de la semana que a todos nos llenaba de alegría, porque no sólo éramos familia, sino que además el ritual de ir a comprar la pizza, en aquella época
no existía el delivery, compartir la mesa, tomarnos una cerveza mientras charlábamos de la vida, de los proyectos, de la familia, hasta el momento en que todos nos íbamos a dormir, porque mi padrino se
quedaba a dormir en casa, y volvía a su hogar recién el sábado al mediodía, todo ese ritual como decía, generaba en nosotros una alegría conmovedora, que terminaría cuando mi
tío decidió contraer matrimonio, y ahí comenzaría una nueva historia, de la cual, desde ya, todos nos alegramos.
Un capítulo aparte merece la figura de mi tío Alfredo, hermano de mi padre, quien para mí hizo las veces de abuelo, porque lamentablemente al no haber tenido la
posibilidad de conocer a mis abuelos paternos y maternos, salvo únicamente mi abuela materna, la querida Oma, como le decíamos cariñosamente en alemán, del resto no pude conocer a ninguno por ser
hijo de padres grandes, lo que significaba que muchos de ellos ya habían partido.
Mi tío Alfredo era verdaderamente un personaje en todo el sentido del término, no sólo jugaba conmigo al futbol así hiciera frío, o calor, disputando
conmigo simpáticos partidos en el jardín de casa, sino que además era mi contrincante en los juegos de mesa, damas, cartas, ludo-matic, ruleta, en fin, todos aquellos que tuviésemos en casa eran
bienvenidos para una tarde de invierno, tazas de café con leche, o té mediante, para divertirnos en reiteradas partidas de cada uno de ellos.
Fue justamente mi tío el que me quiso enseñar a andar en bicicleta sin mucho éxito que digamos, reiteradas caídas me hicieron desistir de las dos ruedas.
Recuerdo que aún a sus casi noventa años seguía subiendo al techo de casa para limpiar las rejillas que se tapaban con las hojas de los árboles, operativo
que realizaba subiendo sobre dos terrazas con una escalera de madera bastante destartalada que generaba el enojo de mis padres quienes le hacían notar que un día se iba a caer y matar, ante lo cual se encogía
de hombros en una actitud de indiferencia total a las advertencias hechas.
En su juventud fue un gran remero, de hecho, se hizo acreedor a muchos premios compitiendo en el Club de Regatas La Marina, en el Tigre. Aún hoy preservo uno de los trofeos que
ganó en alguna de las tantas competencias en las que participó.
Si bien se casó joven con la que sería mi tía María Luisa Dabbadie, lamentablemente después de algunos años enviudó, no pudiendo tener
hijos, por lo que yo me termine convirtiendo en su sobrino predilecto, como él para mí en el abuelo que siempre quise tener.
Como el gran personaje que era, tenía sus hobbies, era filatelista habiendo completado una colección enorme de estampillas de diferentes países, que terminamos vendiendo
con mi madre, tras su fallecimiento. También recuerdo uno de sus hobbies más bizarros como fue su colección de etiquetas de vinos, algo realmente insólito, porque a quién se le puede ocurrir
coleccionar etiquetas de las diferentes bodegas, sólo a mi tío, simpático y querible personaje, sin dudas.
Lamentablemente, sus últimos años no fueron los mejores, una aparente depresión hizo mella en su organismo, y de a poco se fue apagando, casi como esperando el momento
de reunirse con todos aquellos seres queridos que ya no estaban entre nosotros, y así fue, un día, repentinamente, a sus 90 años inició su último viaje.
De los mejores recuerdos que atesoro junto a mis padres las vacaciones en Mar del Plata, deben estar entre los primeros diez, sin dudas.
Cada año, al promediar el mes de noviembre, nacía en mí la incertidumbre de saber si ese verano nos íbamos a la costa, o no.
Tal sensación provenía del hecho de la condición de jubilado de mi padre, y de ama de casa de mi madre, lo cual a las claras, no aseguraba un ingreso económico
que permitiera el lujo de vacacionar fuera de Buenos Aires, ante la llegada de cada verano, pero como algunas veces suele pasar, aparece una mano amiga que te brinda su desinteresada ayuda, y en nuestro caso, así fue.
Mi padre se había hecho amigo de un sastre que, en los buenos años de su actividad laboral en el Banco Central, le diseñaba sus trajes a medida, y justamente este
caballero poseía una hermosa propiedad en Mar del Plata, precisamente en la zona de Punta Mogotes, y como una forma de agradecerle a mi padre sus generosas adquisiciones y recomendaciones entre compañeros de
trabajo, le prestaba la casa en la costa en los meses de diciembre o marzo, atento que eran aquellos que no alquilaba, o en temporada alta a un precio mucho más accesible para el bolsillo de un jubilado bancario.
La propiedad era verdaderamente hermosa, primer piso con un balcón enorme con vista directa hacia el mar, y en una época donde en las noches no existía el tránsito
automotor de ahora, por ende, se podía escuchar el sonido del mar, ese arrullo maravilloso que regalan las olas cuando bañan la orilla.
Hay recuerdos que te quedan grabados con un afecto y un amor muy especiales. Muchas tardes salíamos a caminar por la zona, no necesariamente por la playa, sino por las calles
del barrio, y casi siempre pasábamos por donde se halla el Hotel Sasso, el que aún existe, a mí me impresionaba la gran pileta que había en su predio al punto que me asomaba a través de la
ligustrina desde la que se podían apreciar todas las instalaciones, lo que generaba en mí un rostro de asombro ante lo que me parecía una piscina de enormes dimensiones, tal vez lo sea, no lo sé,
nunca me alojé ahí.
De esas tardes hay un recuerdo que atesoro con cierta magia, se podría decir, y eran algunas de esas caminatas en las que yo iba tomado de las manos de mis viejos, hasta que pasábamos
delante de algún almacén que se hallaba abierto, e inmediatamente mi madre nos proponía entrar a comprar lo que horas más tarde se convertiría en nuestra cena, la que, en estos casos, siempre
solía consistir en productos envasados extraídos del mar, o sea, atún, pulpo, calamares en su tinta, y por supuesto, para los grandes, un buen vino blanco, para mí, una gaseosa, obviamente.
Sin embargo, cuando me refiero a recuerdos con magia, lo digo porque me parece aún hoy a mis 58 años estar percibiendo ese aroma tan particular, y tan reconocible, que
provenía del mar, y se mezclaba con el que llegaba, presumo, del cercano bosque de Peralta Ramos, algo así como sales marinas en conjunción con eucaliptus y pinos.
Todo eso, sumado a la presencia de mis viejos me daba una sensación de protección imposible de definir en palabras, y una niñez que me hacía sentir la vida
como algo interminable, era el combo perfecto, creo que fue la mejor definición de lo que para mí es la felicidad más absoluta.
Aquellos días en Mar del Plata eran maravillosos, nos levantábamos temprano para ir a la playa, bajábamos por unos senderos que a cada lado contenían unos
pantanos con aguas espantosamente estancadas de un color verdoso intenso, y unos arbustos que en combinación con lo anterior, generaban un microclima muy caluroso, hasta que uno desembocaba en unas playas enormes, lamentablemente
hoy por hoy absolutamente perdidas a raíz de los complejos que se construyeron bajo la denominación de «paradores», y la inevitable erosión que el mar va produciendo con las mareas y que genera
playas mucho más pequeñas.
Recuerdo que íbamos siempre a la misma playa, y siempre aparecía el playero que como buen italiano, se llevaba de maravillas con mi viejo a raíz de su ascendencia
también italiana, con lo cual, siempre teníamos buenas sillas de mimbre, una gran sombrilla y lo que hiciera falta para pasar una inmejorable mañana en la arena, bajo el sol veraniego, y los insistentes
chapuzones que el nene se daba en el mar.
Nuestra rutina consistía siempre en hacer playa por las mañanas, volver a nuestra casa, sacarnos la arena, ducha obligada, almuerzo, siesta, y luego salir a pasear, así
podíamos irnos a recorrer toda una tarde el bosque de Peralta Ramos, o el puerto de Mar del Plata, donde mi madre inevitablemente algo se traía para cocinar por la noche, o alguna que otra vez, el centro para
caminar por la Rambla, y ver los edificios del Casino y del Hotel Provincial, y claro, algo que a mí me apasionaba, entrar a visitar el Museo de los Caracoles, de donde siempre me traía alguna compra que, lógicamente,
pagaban mis viejos, lo cual le haría presumir a ellos que a su hijo le aguardaba una futura carrera de biólogo marino, pero la vida me deparaba otros pasillos universitarios.
Llegados mis años de colegio secundario, recuerdo las charlas que solía tener con mi padre acerca de los nuevos temas que iba aprendiendo cada mañana ante cada materia
cursada, a veces se generaban interesantes debates en torno a la figura de algún prócer que para mi padre no era tan perfecto como la profesora de turno lo había considerado, u otras me sugería
acudir a los libros que se hallaban en su biblioteca para ahondar más profundamente en la figura de algún músico, o pintor que me había provocado esa mañana un interés particular,
recuerdo tres en especial, en materia musical, Johann S. Bach, y en pintura, El Bosco y Alberto Durero.
En cada caso, todo terminaba en una agradable escucha de los Conciertos Brandeburgueses, o de la famosa Tocata y Fuga en Re menor, y en el caso de El Bosco, la admiración ante
esas maravillosas reproducciones que surgían de sus libros de historia del arte, del mismo modo en que me impactaban las obras del gran artista del renacentismo alemán, cuya obra «El Caballero, la Muerte,
y el Diablo», siempre me provocó una gran impresión, tratándose de un grabado con una profundidad en los detalles, que verdaderamente conmueve.
Existen imágenes que siempre a los seres humanos nos quedan grabadas en nuestra memoria como fotografías indelebles, que superan el paso del tiempo y de los años
manteniéndose siempre vigentes. Una de esas es la de mi padre sentado en el escritorio de nuestra casa realizando crucigramas junto a su destartalado diccionario Larousse, de donde obtenía respuesta a esas horizontales
o verticales tan difíciles de desentrañar. Así fue, que ya entrado en años, me pasó la posta a mí, y el placer de realizarlos, claro está, siempre con mi guiño cómplice
de ir a preguntarle alguno de esos vocablos, como para integrarlo al juego, y permitirle salir un poco de aquellos amargos pensamientos que la vejez le traía a diario, probablemente, reflexionando en silencio, sobre
lo que constituía el último tramo de su vida.
Curiosamente, y en tren de juegos de inteligencia, jamás aprendió a jugar al ajedrez, y aunque quise enseñarle, no hubo caso, mi padre ya no sentía esas ganas
de compartir horas enteras frente al tablero disputando largas partidas con su hijo. A veces, la congoja del final, le gana el juego a la ansiedad de la juventud.
Los últimos años de mi padre fueron difíciles, su salud le jugaba en contra, lentamente se iba apagando, envejeciendo, y su organismo ya no le respondía como
antes. Creo también, y sobre esto tengo cierto convencimiento, que cargaba en su mochila muchas partidas de seres queridos, sus padres, sus hermanos, amigos, y también sufrimientos que no esperaba tener a esa
altura de su vida, como fue mi servicio militar en pleno desarrollo de la Guerra de Malvinas.
Sin embargo, y pese a todo, pude darle esa gran alegría que fue saber que había ingresado a la Facultad de Derecho para iniciar mi carrera de abogado, quizás una
vocación que él supo tener de joven, pero que nunca pudo concretar por aquellas noches de bohemia y cafés literarios que le resultaron más atractivos que las leyes y los textos jurídicos.
Finalmente, un caluroso mes de diciembre de 1985 partió y nunca voy a olvidar el inmenso dolor que sentí aquél día, era la primera vez que la vida a mis 22
años me privaba de uno de mis padres, un dolor imposible de definir en palabras. Recuerdo que aquella tarde lloré como nunca lo había hecho, no podía asumir ver los espacios de la casa que eran
suyos, sin su presencia, observar sus libros, no poder escuchar su voz, su sonido al caminar, una ausencia infinita e interminable, y el pensar que ya nunca más iba a poder compartir con él mis alegrías
y tristezas, mis charlas de historia, música, o filosofía, mis berrinches y mis guiños cómplices cuando de agasajar a mamá se trataba.
Siempre me quedaré con la imagen de esa madrugada de diciembre, en el Policlínico Bancario, cuando al arribar junto a mi tío Carlos tras la noticia del fallecimiento
de papá, la vimos a mi madre sentada sola en un largo y oscuro pasillo, sumergida en un llanto velado, casi pudoroso, pero de un inmenso dolor, la que al buscar refugio y contención en mis brazos, sólo
atinó a decirme: «Se fue el amor de mi vida». Si de amor se nace, y de amor se vive, siempre diré que llegué a este mundo porque Dios los eligió a estos dos seres únicos y maravillosos
para que me dieran el regalo de la vida, o mejor dicho, él puso el alma en el bebé que nacería de ese inmenso amor.
Mi madre fue mi refugio, mi ejemplo de lucha, fue la dignidad, el orgullo, la entereza, la fortaleza ante las más penosas adversidades de la vida, y fue mi mejor amiga, mi cómplice
en muchas situaciones en las que el adolescente irresponsable contaba con la mejor abogada defensora, su madre, para justificar los deslices del hijo con sus novias, fue consejera, pero por sobre todas las cosas, fue puro amor,
a su manera, claro, la germanidad no le permitía ser muy expresiva en estas cuestiones de los sentimientos, no era muy afecta a los abrazos, y a los gestos de cariño exagerados, mucho menos en sus últimos
años, cuando con gran sabiduría siempre me hacía notar que un día ella no iba a estar más, y su ausencia me iba a provocar una enorme tristeza, y cuanta razón tenía.
Su enorme deseo de ser madre siempre fue mucho más allá de dar a luz un único hijo, su amor y vocación por la maternidad la hicieron soñar con tener
una familia similar a la que muchos pudieron conocer a través de la película «La Novicia Rebelde», la famosa familia «Von Trapp», pero las circunstancias, a veces, inevitables de la vida,
se lo impidieron, no sólo por la edad que tenía, sino porque además una mala praxis la colocó en una situación de extrema peligrosidad si volvía a quedar embarazada, por lo
cual, tuvo que desistir no sólo de su sueño de ver una casa llena de niños y niñas, sino lo que fue aún peor, comenzar a preocuparse por un futuro que en algún momento podía
significar que si su hijo no formaba su propia familia, pudiera quedar solo en la vida, sin la compañía y el apoyo de hermanos o hermanas.
Una de las tantas cosas que aprendí en la vida ha sido que ser hijo único tiene una hermosa y terrible consecuencia a la vez, todo el amor de tus padres se concentra en
tu persona, con lo cual uno llega a ser una especie de privilegiado, pero al mismo tiempo, el día que ellos no están más, el sufrimiento ante sus pérdidas es mucho mayor, lo cual me lleva a recordar
el título de esa hermosa canción de Brian May, compuesta por otros motivos, pero cuyo concepto completa esta idea: «Too much love, will kill you», o algo así como «Demasiado amor, te
matará», lo cual yo lo interpretaría como «Demasiado amor, te hará sufrir mucho más».
No estaría faltando a la verdad si dijera que mi madre no conocía el miedo, ni los imposibles, basta recordar que cada vez que una gripe hacía estragos en mi persona,
o en la de mi padre, ella sin titubeo alguno salía a buscar una farmacia de turno con las indicaciones del médico, sin importarle ni la hora, ni el clima, ni la distancia. Recuerdo que una vez estando de vacaciones
en Mar del Plata, mi padre contrajo una bronquitis, y ella salió raudamente en una noche inclemente con lluvia y frío a buscar una farmacia que estuviese de turno donde conseguir el medicamento necesario para
estos fines, debiendo caminar casi hasta el centro de la ciudad feliz (recordemos que nosotros estábamos en Punta Mogotes, o sea, en el otro extremo del centro marplatense), sin dudas, esto la definía, era una
absoluta luchadora, imbatible, con pizcas de arrojo, imprudencia, coraje, solidaridad y un amor incondicional, no se detenía jamás a medir posibles consecuencias de su accionar, una verdadera Valquiria.
En general, su vida no fue nada fácil, ya de muy joven tuvo que salir a trabajar postergando cualquier proyecto vocacional que soñara concretar, inclusive algunas veces
dejó de comer por un día, o más, porque su sueldo sólo alcanzaba para alimentar a su madre enferma, a su pequeña hermanita, y a sus hermanos adolescentes. Recuerdo que me llegó a contar
sobre ciertas mañanas en las que llegaba al trabajo y sus compañeras notaban su rostro cansino y pálido producto de la dieta forzada que estaba llevando a cabo, lo que generaba inmediatamente la reacción
de sus amigas que no dudaban en pagarle un buen desayuno, para que al menos pudiese sentirse un poco mejor.
Años más tarde, sufrió uno de los golpes más duros, su hermana del alma, mi tía Margot, necesitó realizarse una delicada operación de
corazón, y debido a una mala práxis, falleció en el quirófano con apenas 23 años, lo cual literalmente destruyó anímicamente a mi madre, la que se hallaba con un embarazo avanzado
de siete meses.
Al año siguiente, o sea, el de mi nacimiento, las cosas no fueron tampoco nada fáciles para ella, a los pocos meses de mi venida al mundo, desarrolló un hipertiroidismo,
más precisamente lo que se conoce como un bocio, que al ser diagnosticado por los médicos, le hicieron tomar conocimiento que apenas le quedaban unos pocos meses de vida. Sin embargo, como buena luchadora que
era, con ese coraje envidiable que siempre tuvo, libró su gran pelea contra la enfermedad, por supuesto, con la ayuda de excelentes profesionales del Hospital Rawson, y como era de esperarse la ganó, nadie la
iba a privar de su vocación de madre y del cuidado de su hijo recién nacido, y así fue.
Así fueron pasando los años, y los duros golpes de la vida no cesaban, en abril de 1975 falleció su madre, mi querida abuela, la Oma como nos gustaba llamarla en
alemán, y como si fuera un estigma del destino, su cuerpo le volvió a pasar factura, debiendo operarse de un nódulo mamario que afortunadamente fue benigno, pero que nos puso en vilo a todos.
Mi servicio militar allá por 1982 generó en ella uno de los peores pensamientos que una madre pueda tener y sentir, la posible pérdida de un hijo en una guerra,
un hecho que también dejó secuelas en su espíritu, y de las que me he referido en el capítulo relativo a «Malvinas, la otra historia».
Siempre he creído que ante cada duro golpe de la vida, se producen heridas que dejan cicatrices en el alma, algunas con el paso del tiempo van desapareciendo, otras quedan para
siempre, son indelebles, y quizás sean estas últimas las que en el tramo final de la vida se vuelven a abrir, y nos generan otro tipo de sufrimientos y padecimientos, son como virus aletargados que despiertan
y vuelven a hacer daño, así fue que en sus últimos años el cuerpo de mi madre en una fatal combinación de insuficiencias cardíaca y renal, la tuvieron a maltraer durante largos dos
años, en los cuales las internaciones en el Policlínico Bancario eran habituales, siendo muchas veces de uno o más meses.
En aquellas jornadas todo lo que ella me había enseñado durante años sobre el cuidado y la atención de un ser querido enfermo, se hicieron presentes. Aquellas
lecciones que yo había aprendido con sólo verla, con sólo observar cómo no se detenía ante nada, cómo discutía con los médicos, o cómo podía caminar cuadras
enteras para la obtención de un medicamento absolutamente necesario, se volvieron práctica cotidiana en mi propia conducta.
Aquellos días fueron terribles, y no encuentro otro adjetivo para describir lo vivido, luchamos codo a codo con ella, los dos solos, sin dejar de mencionar en el tramo
final de sus últimos días de vida la compañía de su hermano, mi tío Carlos, que cual gladiador, a sus 74 años no dejó de hacerme el aguante.
Recuerdo llegar a casa, y poder leer en el rostro de mi madre si ese día íbamos a terminar en la guardia del policlínico, o no, imposible olvidar las corridas en
ambulancia, las internaciones con lo que eso implicaba en materia de trámites burocráticos, las conversaciones y discusiones con los médicos, el no comer adecuadamente para no separarme de su lado, el
haber dormido en una silla, o incluso en el piso de la habitación, el estar atento a los tubos de oxígeno cuyos medidores estaban siempre rotos, y la única forma de saber cuándo se estaba quedando
sin provisión, era al momento de indicarme que no podía respirar, lo cual hacía que yo saliera corriendo desesperadamente en búsqueda de la enfermera de turno para que, de manera urgente, nos proveyeran
de uno nuevo, el darle de comer en la boca muchas veces por su extrema debilidad, mis rezos en la capilla pidiendo un milagro para poder traerla nuevamente a casa, diciéndole a Dios que no me importaba cuantas veces
tuviera que volver a hacer todo lo que estaba haciendo con tal de tenerla conmigo muchos años más.
Mi lucha fue solitaria, nadie me ayudó, y lo digo con orgullo y con rabia contenida, aquellos y aquellas cuyas conciencias les dictaban dar una mano y no lo hicieron algún
día deberán responder ante Dios por haber mirado hacia otro lado, como premiados han sido y serán los y las que no teniendo ninguna obligación ofrecieron su ayuda, como lo hiciera mi querida vecina
Sofía que padeciendo un cáncer que ya le había producido metástasis, se ofreció a lavarme y plancharme mi ropa, situación ante la cual, desde ya, me negué, pero vale destacar este
gesto de un ser humano verdaderamente digno.
Desde luego, la peor parte la llevó mi madre, con tratamientos que muchas veces debían ser realizados en la Sala de Unidad Coronaria, o de Terapia Intensiva, por el extremo
grado de peligrosidad de las drogas que le suministraban, y claro está, todo esto sin dejar de mencionar su rostro preocupado por todo el sufrimiento que ella percibía en mi persona, el agotamiento, la pena,
la impotencia, los mismos sentimientos que ella alguna vez también tuvo cuando fallecieron su propia madre, o incluso mi padre.
Una tarde de julio de 2007, ella entró en un coma profundo, hizo un paro cardiorrespiratorio en mis brazos, y finalmente una semana después partió, la noche del
17 de ese mismo mes.
Así como aquella madrugada de 1985 la encontré en lágrimas, diciendo que se había ido el amor de su vida, yo también aquella mañana de 2007
en el Cementerio Alemán me decía a mi mismo que se había ido mi mejor amiga, mi madre, mi compañera de picardías, mi cómplice y abogada defensora de mis deslices juveniles.
Ahora me había quedado definitivamente sólo, y tenía la obligación de reconstruirme, de renacer de tanto dolor, y así fue, pero eso es tema
de otro capítulo.
No puedo decir que no los extrañe. En estos tiempos tan aciagos que nos toca atravesar, su ausencia multiplica en mí la necesidad de tenerlos a mi lado. La angustia y la
tristeza de haber perdido a mis viejos, el capitán y la contramaestre de mi vida, de mi hogar, los que me sabían señalar el camino, hoy el no tenerlos ha convertido mi existencia en un navío a la
deriva, sin dirección, por más que intente tomar el timón y enderezar el rumbo, no lo consigo, a veces tengo miedo de terminar encallando, o de que alguna tormenta perfecta como la que en este momento
de la humanidad nos está castigando, me haga naufragar.
No sé cómo habrá de terminar esta historia, no sé si algún día se cumplirá aquello de «No hay mal que dure cien años»,
lo único que sé es que le pido a Dios que podamos volver a la vida que conocimos, que yo pueda enderezar el barco y evitar el naufragio. No sé si lo conseguiré, trato de no perder las esperanzas,
aunque muchas veces la desazón, la tristeza, y la desesperanza, me tuercen el brazo, y me sumergen en abismos oscuros, de los que logro escapar simplemente cerrando mis ojos y volviendo hacia aquellos momentos que me
hicieron feliz cuando todo era distinto, cuando todo era diferente, cuando cada mañana era una nueva aventura rebosante de ganas de vivir, cuando uno esperaba con ansias ese sábado del encuentro con los amigos,
del recital tan esperado, del cosquilleo en el cuerpo a la hora de pensar en sacar un tema nuevo en la guitarra, o el compartir en la cervecería de Gustavo esos hermosos momentos con los amigos y amigas de ISA, con
mi prima y Adriano, y con tantos más que alegraron los días de aquél que por única compañera encuentra en su vida, simplemente una maldición nunca soñada, que se llama soledad.
Este capítulo nació como un homenaje a mis viejos, no quiero terminarlo sin expresar mi profunda convicción, que nace de mi fe, en saber que por ahí han de
andar, tal vez espiando lo que narra este humilde aspirante a escritor, generando en mí la fuerza y la esperanza de una vida mejor, de un futuro que aún está por llegar.
lunes, 26 de julio de 2021
Y una noche un Cronopio vino a casa a cenar...
Dedicado a la memoria de Julio Cortázar y de mi padre, don Victorio
Julio Cortázar es una parte de la historia de mi familia, y es también una parte de mi propia historia.
En capítulos anteriores mencioné que mi padre ingresó al Banco Central de la República Argentina allá lejos y hace tiempo, probablemente a pocos años
de su fundación, o incluso a partir de su misma creación ocurrida en el año de 1935, habiendo desarrollado una importante carrera en la que ocupó diferentes cargos jerárquicos, hasta su jubilación
a principios de los años sesenta, que lo encontró ocupando una subgerencia en la conocida entidad bancaria, tal vez, y esta es una opinión personal, si hubiese sido un poco más joven, y con las
acertadas conexiones, podría haber llegado inclusive a ocupar un cargo mucho más alto dentro del Banco Central.
De todos modos, su decisión de jubilarse respondió a un natural cansancio producto de muchos años de compromisos laborales, responsabilidades muchas veces no correspondidas
por las autoridades de turno, y el deseo de compartir mucho más tiempo con su familia, en definitiva, nada nuevo bajo el sol con respecto a lo que ocurre hoy día.
Ahora bien, esta introducción responde a un hecho que marcaría el nacimiento de una amistad que aún hoy me sigue sorprendiendo, una amistad de no muchos años,
pero lo suficientemente consolidada como para generar esa empatía necesaria entre un empleado bancario y el gran Julio Cortázar, en la que mi padre, durante años, procuró obtener una vasta
cultura, nacida de la necesidad de un crecimiento personal alimentado en la posesión de una gran biblioteca cuyos libros de literatura, pintura, filosofía, historia, entre otras disciplinas y artes, eran leídos
con sagrada devoción, sino porque además al haberse rodeado de una bohemia que por aquellos años se traducía en interminables horas de debate sobre cada una de estas materias, consumiendo cantidades interminables
de cigarrillos y algunas bebidas espirituosas que, en noches eternas, no hacían más que convertir aquellas mesas en universidades que no otorgaban títulos, pero que acreditaban el cursado de materias que,
probablemente, no se dictaban en aquellas que sí los otorgaban.
Así fue que un día de tantos, a principios de la década del cincuenta Julio Cortázar obtiene una beca del gobierno francés y viaja a París, ciudad
en la que viviría hasta el final de sus días.
Desde luego, el traslado a Francia implicaba para Cortázar una serie de trámites, que imagino, tendrían que ver con poder mudar sus pertenencias personales, léase
su biblioteca privada, sus discos de música clásica y jazz (recordemos que era un amante de este género musical), entre otras cosas, al país galo.
Y aquí entró a jugar mi padre, quien ocupando por aquellos años una jefatura en el ámbito del Banco Central, por esas extrañas casualidades, o causalidades
del destino tuvo que intervenir en la enmarañada burocracia de los odiados trámites que le permitieran al querido Cronopio, poder efectuar el traslado de sus pertenencias a suelo europeo. Recordemos que, si bien,
este tipo de trámites suelen ser de exclusiva responsabilidad de la Aduana, por aquellos años por motivos que desconozco también intervenía una oficina del Banco Central en la que, justamente, se
hallaba trabajando mi padre.
El encuentro fue inevitable. El autodidacta y el escritor. Puedo imaginar en mi mente los diálogos que deben haber nacido de ese choque de culturas, conversando sobre los autores
del momento, sobre jazz, un género que también apasionaba a mi padre, con menos devoción, por cierto, que la que de por sí tenía Cortázar, puedo imaginarlos debatiendo sobre pintores, sobre la
historia de Europa, y sobre el antiperonismo que ambos profesaban por aquellos años, y que, en este último caso daría nacimiento a uno de los cuentos que integran su obra «Final del Juego»,
nacido en una experiencia vivida por mi padre y luego narrada a Cortázar, quien a través de su pluma diera a luz el cuento «La Banda».
Mi madre me contaba que la amistad entre mi viejo y Julio se consolidaba cada día más, de alguna manera, imagino que había encontrado su «alter ego»,
en un amigo con quien podía compartir largas charlas culturales, recreando en su imaginación ese viejo trauma que todos los hijos y nietos de inmigrantes suelen tener respecto del viejo mundo, esa nostalgia, tal vez esa añoranza de vivir en países con historias tan ricas, tan profundas, y donde la cultura no es una mala palabra, sino una necesaria forma de crecimiento. Con Cortázar podía retroalimentar esos
diálogos, hasta que el sol volviera a anunciar el nacimiento de un nuevo día, mientras los ceniceros agotados de tantas cenizas, veían a los vasos llorar la última gota de whisky, marcando el fin de una nueva
noche de bohemia.
En otra oportunidad mi madre me llegó a contar sobre una cena que tuvo lugar en nuestra casa, a la que asistió Cortázar junto a la que luego sería su esposa,
Aurora Bernárdez, narrándome no sólo los diálogos que tuviera ella con la primera mujer de Julio, sino además señalándome el lugar del comedor de casa donde se había
sentado Julio Cortázar, lugar sagrado si los hay en mi hogar, dicho sea de paso.
Finalmente, el querido Cronopio viajó y se instaló en Francia, más precisamente en París, entiendo que trabajando para la Unesco, y hete aquí que esto
dio inició a un cruce epistolar entre Cortázar y mi padre, donde no solamente le contaba muchas de sus vivencias en París, sino además en algunas de sus cartas, su enorme generosidad llegó al extremo
de invitar a mis padres a viajar a Francia no solamente para continuar las charlas que solían tener con ellos en nuestro país, sino además para llevarlos a conocer la ciudad luz. Vaya uno a saber cuál
fue la razón por la que mi viejo declinó tal invitación, nunca supe las razones aunque puedo inferir que la bendita grieta hizo su aparición en aquella amistad, mi padre comenzó a simpatizar
con una derecha liberal, mientras que, sabido es, Julio Cortázar mutó de su conocido antiperonismo a una postura de izquierda mucho más extrema, de modo que como derechas e izquierdas suelen ser irreconciliables,
mucho más en la forma en que las entendemos en nuestro país, la amistad tocó a su fin.
Es de destacar que muchas de esas cartas inéditas, que aún poseo, y que no voy a dar a conocer en este capítulo, en razón de haber tomado la decisión
de escribir un segundo libro dedicado enteramente a la amistad entre mi padre y Julio Cortázar, una vez terminado este, es donde las daré a conocer enteramente, con alguna que otra sorpresa de material exclusivo
que aún no ha visto la luz. Justamente, por esta razón, es que este es un capítulo corto del libro.
Los años pasaron y las diferencias ideológicas se profundizaron, llegando al extremo de ponerle fin a una amistad que pudo haber sido diferente, donde el error de poner
el carro delante de los caballos, o sea, priorizar lo ideológico por sobre lo afectivo, terminó convirtiéndose en una gran equivocación, pero como en toda amistad, en la que siempre habrá buenas y malas,
lo importante es saber pedir perdón a tiempo, porque muchas veces puede ser tarde para hacerlo, y no está bueno no permitirse insuflarle nuevos aires a una amistad, especialmente, una como la que tuvieron mi padre
y Julio Cortázar.
En lo personal, siempre lamenté no haberlo conocido y tratado en persona, sin embargo, cada vez que miro los reportajes que le hicieron y que hoy pueden ser hallados en muchas
de las redes sociales, o incluso en YouTube, tengo la sensación de haberlo conocido, siento que de alguna manera, hay algo de su espíritu flotando en mi casa, quizás la lectura de su obra, que llegó
a mis manos simplemente por hallarse en la biblioteca de casa, o por mi propia iniciativa de comprar algún libro que no estaba entre las pertenencias bibliográficas de mi padre, lograron ese efecto, porque
lamentablemente no recuerdo que alguna vez en mi colegio secundario nos hicieran leerlo, infiero que seguramente sería uno de los tantos autores prohibidos por la dictadura. Con seguridad su "Libro de Manuel" le otorgó el sello de escritor y persona "non grata" para las autoridades educativas de facto.
Finalmente, promediando el mes de febrero de 1984, y tras haber visitado nuestro país por última vez ante la naciente democracia, Julio Cortázar muere en París,
siendo sepultado en el cementerio de Montparnasse, junto a la tumba de su última esposa, Carol Dunlop.
Curiosamente, mi padre también falleció en diciembre de 1985, apenas dos años después de la partida del Cronopio. A veces mi imaginación vuela, y los
puedo imaginar hoy a todos reunidos en una gran mesa en el cielo, siguiendo con sus debates, diferencias ideológicas saldadas, mientras desde allá arriba, lo miran a este loco aspirante a escritor intentando
terminar su primer libro.
La vida es como una rayuela, algunos llegan al cielo a la hora del final del juego, otros pelean su último round, mientras que en una casa tomada, el perseguidor atiza todos
los fuegos, el fuego, mientras yo sigo rindiendo el examen con mis relatos de cronopios y de famas.